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Texto: Carolina López

En uno de los blog post anteriores “Cuidado y Vejez”, se mencionó que el rol de cuidador recae principalmente en la figura femenina. Dado que el cuidado es un tema en debate dentro de las ciencias sociales, revisé algunas investigaciones sobre las desigualdades de género que se presentan en torno al cuidado en México y España que me acercaran a identificar cómo esta labor se ve estrechamente relacionada con el género; una de ellas fue “Cuidar cuesta: Un análisis del cuidado desde la perspectiva de género (2015)” y El trabajo doméstico y de cuidado: su importancia y principales hallazgos en el caso mexicano (2019)”.

El cuidado es una de las actividades que están presentes en la sociedad y comprende todas las acciones que se realizan para el bienestar físico, psicológico y emocional de las personas (Martín, 2008 como se cita en Mayobre y Vázquez, 2015). Históricamente, la función del género se relaciona con las normas sociales y culturales que influyen en la asignación de los roles sociales. En ellas, las mujeres han sido ubicadas en el espacio privado o en lo doméstico, y los hombres en el espacio público o encargados de proveer, lo cual influye de manera directa a que las mujeres sigan siendo las principales responsables de las actividades del cuidado al interior de los hogares, profesiones y oficios. Como ejemplo, es mucho más común ver a mujeres (cis) enfermeras, psicólogas, costureras y cocineras que a varones (cis).

En diferentes investigaciones relacionadas con el tema del cuidado, se comenta que esta responsabilidad se asume y se asigna por el género. En términos generales, se concibe al cuidado como una actividad generalmente femenina no remunerada, sin reconocimiento ni valoración social, y comprende tanto el cuidado material como el inmaterial, que implica un vínculo afectivo, emotivo y sentimental (Bazo, 2006 como se cita en Concepción et al, 2011).

Para las mujeres, el asumir esta responsabilidad resulta una imposición debido al papel que juega en la familia y la influencia cultural y de género, dado que la acción de cuidar forma parte de una tarea femenina que se ve permeada por símbolos y reglas sociales que significan un “deber” para las mujeres (Maier, 2001 como se cita en Concepción et al, 2011). Como es de esperarse, este aprendizaje social aparece en edades tempranas, en donde desde pequeñas a las mujeres se nos invita a ocuparnos de cuidar de los otros y de los más vulnerables. Por ejemplo, cuántos de nosotros no hemos visto jugar a las niñas a cuidar de un bebé o encargarse de hacer la comidita; es decir, se genera una naturalización del cuidado en la figura femenina, que se relaciona de alguna manera con el arquetipo de cuerpo para otros y que repercute en que las mujeres no identifiquen sus propias necesidades, y que no se les dé ningún reconocimiento a las actividades del cuidado, invisibilizando los trabajos que ellas realizan.

Existen diferentes tipos de cuidado. En los resultados de la Encuesta Sobre Uso del Tiempo (2012)[1], se habla de los cuidados para  niñas, niños y adolescentes, de personas enfermas temporales o permanentes por enfermedades crónicas y discapacidad o edad avanzada. En ellos, se indica que 11.4 % de las mujeres realizan una actividad con el apoyo y cuidado de las personas ya sea enfermas o con alguna discapacidad a diferencia de los hombres, donde solo el 7.2% se ocupa de esta labor, dejando ver las asimetrías de desigualdad, ya que el tiempo que ellas invierten en el cuidado corresponde a 27.5 horas a la semana.

En reflexión, considero que es una tarea importante replantear y reorganizar las tareas del cuidado a otras personas. Si bien se esperaría que pleno siglo XXI no se presentaran estas desigualdades sociales, éstas siguen presentes. Por ello, invito al público lector a pensar cómo y de qué manera apoyan en las actividades del cuidado de los hijos, hermanos, abuelos y familiares que lo necesitan, para así redistribuir el trabajo doméstico y del cuidado; esperando que este texto pueda darles un contexto de lo que sucede en torno a esta labor y pensar en las acciones que podemos generar para hacer frente a estas desigualdades. Por otro lado, considero que desde donde estemos ubicados en la vida podemos trabajar para educar desde la diferencia, es decir propiciar espacios más equitativos, donde desde la niñez o primera infancia se nos acerque al cuidado tanto a hombres como a mujeres y así romper con los roles sociales preestablecidos.

Bibliografía

Mayobre, P. y Vázquez, I. (2015). Cuidar cuesta: Un análisis del cuidado desde la perspectiva de género. Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 151: 83-100.

Bibliografía: Concepción et al., (2011). La vejez avanzada y sus cuidados. Historias, subjetividad y significados sociales. Universidad de Nuevo León. México. P.209

[1] Tomado de: https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2020/ENUT/Enut_Nal20.pdf